sábado, 1 de diciembre de 2007

DON DIEGO NO ATIENDE MUY BIEN

Decidimos ir con my wife Margaret (en realidad se llama Margarita, pero mi corazón inglés se resiste a llamarla "Maggie") una noche de sábado a probar la cena que ofrece el nuevo Hotel Diego de Almagro.
El hotel es... bueno, un hotel. Por fuera no dice nada. Bien ubicado, al final de Avenida Colón (Colón 1220, fono 56 061 208088).

Esta foto fue tomada de día. Los autos que están en la fila delantera no son precisamente huéspedes del hotel, sino que se estacionan ahí PARA NO PAGAR ESTACIONAMIENTO EN EL CENTRO. ¡Los tengo "cachados"! (Linda palabra, "cachar"). Ojo con la marquesina, que al primer temblor aplastará a un par de taxis. La historia dice que hubo un temblor fuerte en Punta Arenas en 1907, luego un terremoto en 1947. Entre el primero y el segundo pasaron cuarenta años, y desde entonces van sesenta. Ya estaría tocando, ¿no?
Well, when we got there with Margaret era ya de noche. Venía entrando una joven turista de aspecto muy british, quien regresaba al parecer de un paseo frente al mar. Tras ella uno de estos distinguidos autos "tuning" con la música a discreto volumen, y unos jóvenes elegantemente vestidos en su interior, quienes le ofrecían un city tour nocturno. ¿Por qué no habrá aceptado, digo yo?
Speaking seriously, en una noche agradable cualquier turista puede tener ganas de pasear frente al mar, y está en su derecho. Pero ¡NEVER! en Playa Colón. De partida no hay ninguna iluminación más allá del hotel. En seguida, abundan los patanes que se juntan a beber licor o drogarse. ¡VERY DANGEROUS!


Bueno, aquí llegamos a la entrada. Si se observa bien, la puerta tiene dos hojas. ¿POR QUÉ SIEMPRE TIENE QUE HABER SÓLO UNA UTILIZABLE, Y LA OTRA FIRMEMENTE CERRADA? ¡Qué desagradable empujer una puerta y que ésta no abra! Un mal magallánico, evidenciable en todos los servicios públicos, bancos, hospitales, restaurantes. Haya o no haya viento. ¡I HATE IT!


A la entrada al hotel, una dama en el mesón de recepción, en amena charla por teléfono, no nos saludó, apenas nos miró. Buscando el restaurante, vimos este aviso en la pared. El lobby, está claro dónde está, agregado al hecho que de allá veníamos. Lo que no se entiende es lo que viene más abajo. El restaurante está más cerca de la flecha de arriba, am I mistaken? Puede que la piscina Y la swimming pool estén claramente hacia la izquierda. Mientras con Margaret tratábamos de dilucidar el problema con evidente aspecto de despistados, ¿ustedes creen que alguien nos ofreció ayuda? NOBODY, BY JOVE! Ni la dama de recepción, que veía que estábamos perdidos, ni ninguno de varios empleados que pasaron por el lugar.



Al final, mediante ensayo y error, logramos nuestro objetivo. Un salón amplio, prácticamente vacío un sábado a las diez de la noche, llama la atención. La decoración intenta ser cálida, con mucho burdeo en las paredes, pero por algún motivo no lo logra.
Nos atiende una garzona que jamás ofreció aperitivo, ni vino, ni postre. Así que cenamos sin aperitivo y sin vino.



Fetuccini con mariscos, bastante buenos, a $ 5.800. Conseguimos que nos trajeran de postre un panqueque celestino, normal, a $ 2.500.
Quizás algún día repetiremos la visita, después de algún entrenamiento del personal en atención de público, que al Diego de Almagro le llora a gritos.

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